domingo, 2 de febrero de 2014

Historias del Oscar... (II)

En 1934, el banquete de premiación de los Oscar se llevó a cabo -como ya venía siendo costumbre- en el Salón Fiesta del Hotel Ambassador en Los Ángeles. La lista de filmes nominados en la categoría principal aumentó de 8 a 10, y tanto las películas, como los actores, actrices y categorías técnicas, recibieron con posterioridad el antecedente sobre el lugar en el que habían quedado en las nominaciones previas al anuncio final, por lo que se pudo saber quién había quedado en tercero, segundo y primerísimo lugar. Además, fue la primera vez que se recurrió a la figura de un actor popular para que amenizara la ceremonia, por lo que a Will Rogers, famoso comediante por sus películas de vaqueros, se le invitó a conducir el evento, y a la postre sería recordado -sin proponérselo- como el más cruel de los presentadores. ¿Por qué? Por el poco tino que tuvo al momento de hacerse el chistoso y mencionar a los ganadores. Pasen y lean…



Ese año, en las categorías de actuación, solo compitieron 3 intérpretes. Por lo que hoy resulta curioso el intentar adivinar qué otros actores o actrices hubiesen ocupado una plaza en las nominaciones faltantes. Por ejemplo, en la categoría femenina, no fueron nominadas por su destacado desempeño actrices como Helen Hayes (Adiós a las Armas), Heather Angel (Berkeley Square), Kay Francis (One Way Passage), Norma Shearer (Smilin´Through), o Ruby Keeler (La Calle 42). Las que sí fueron nominadas serían Diana Wynyard, Katharine Hepburn, y May Robson.

Según se supo, Diana Wynyard, actriz teatral británica, quedó en tercer lugar de votaciones por su personificación de “Jane Marryot”, la fuerte esposa y madre que pierde a sus dos hijos debido a trágicas circunstancias en la película Cabalgata (Cavalcade, Frank Lloyd). Diana nació en 1906 en Londres, donde fue una intérprete teatral respetada. Su saltó a las pantallas cinematográficas lo dio justamente con tres de sus cintas competidoras en algunas categorías de los Premios de la Academia: Rasputín y la Zarina (1932), Reunión en Viena (1933) y Cabalgata (1933), donde es la protagonista absoluta de este drama basado en una obra del famoso actor y dramaturgo Noel Coward, en la que se narra la historia de Inglaterra durante el primer tercio del siglo XX, reflejada a través de las desventuras de una familia que sufre toda clase de calamidades. Esta dama inglesa actuaría en un total de 16 largometrajes a lo largo de su carrera, y haría además apariciones en seriales para la pantalla chica. Moriría en Londres en 1964. Se le recuerda además por su participación como protagonista en la versión británica de Luz que Agoniza (Gaslight, Thorold Dickinson, 1940), de la que en 1944, George Cukor haría un remake con Ingrid Bergman y Charles Boyer.




La veterana de 76 años -nacida en Australia- May Robson, quedó en el segundo puesto de su categoría por su entrañable personificación de “Apple Annie” en Dama por un Día (Lady for a Day, Frank Capra), la historia de una pobre y triste vendedora de manzanas que es transformada de la noche a la mañana en una dama de sociedad para impresionar a sus visitantes.

Esta fue la primera adaptación de la historia de Damon Runyon “Madame La Gimp”, en la cual "Apple Annie" es casi una mujer indigente que malvive entre la miseria y el alcohol, ganándose la vida en las calles con la venta de manzanas, aunque se ha fabricado una falsa identidad como dama de alta sociedad en las cartas que envía a su hija que desde hace años atrás envió a Europa para recibir la mejor educación posible. Esta fantasía-artimaña que “Annie” vive se ve amenazada cuando la hija (Jean Parker) se vuelve la prometida del hijo de un conde español que insiste en conocer a la familia de la futura esposa antes de la boda. “Annie” se pone angustiada y al borde del suicidio, cuando "Dave la Dude" (Warren William), su mafioso benefactor, la encuentra. “Dave” es un gángster local con un supersticioso sentido de responsabilidad sobre el bienestar de la mujer, convencido que comprando las manzanas que ella vende será como mantendrá su suerte con los negocios que dirige. Así que consigue gracias a su asociación con unos criminales la ayuda que “Annie” necesita: instalándola en un lujoso apartamento equipado con una piscina con tiburones, y se hace pasar por el marido, además arregla a sus amigos y ensayan la adecuada etiqueta. Pero la policía que le sigue la pista amenaza con echarle a perder los planes.







Dama por un Día contendía a 4 estatuillas, incluyendo también la de Mejor Guión Adaptado para un habitual de Capra, Robert Riskin, Mejor Director y Mejor Película. Fue la primera cinta de la Columbia en ser considerada a la categoría principal. Y es estelarizada también por Guy Kibbee, Ned Sparks, Walter Connolly y Glenda Farrell (novia de Robert Riskin). Como siempre, los problemas y las confusiones abundan en esta historia de buenos sentimientos y del tipo "cuento de hadas" tan propia de su director, erigida como una rescatable comedia que fue objeto de una mejor revisión realizada por el propio Capra en 1961, con Glenn Ford y Bette Davis en los papeles principales, llamada Un Gángster para un Milagro (Pocketful of Miracles); y por nada más y nada menos que Jackie Chan en 1989 bajo el título Ji ji (el título en Estados Unidos fue Mr. Canton and Lady Rose).





La noche de los Oscar, Katharine Hepburn no asistió a la ceremonia. No le importaba en lo más mínimo haber sido nominada. Así que durante el banquete, a la hora de entregar el premio a la Mejor Actriz, el anfitrión Will Rogers hizo que las dos nominadas presentes en la sala (May Robson y Diana Wynyard) hablasen al público desde sus mesas. Las dos habían actuado en la misma película ese año, Los Hombres deben Pelear (Men Must Fight, Edgar Selwyn, 1933).

Y cuando ambas asumían ilusionadas que el Premio dorado de la Academia iba a ser ex-aequo para ambas (como había sucedido el año anterior en la categoría de actuación masculina), Rogers les felicitó por sus palabras, y develó a toda la concurrencia que la ganadora era… ¡Katharine Hepburn!, la única ausente en la gala. Las caras de sorpresa y pena ajena no se hicieron esperar. La inolvidable actriz (con apenas 24 años de edad) era la triunfadora por su destacada actuación en Gloria de un Día (Morning Glory, Lowell Sherman), plácida adaptación de la obra de Zoe Akins que basa su fundamento en la fugacidad del éxito y los entresijos del mundillo teatral.






Hepburn interpreta a “Eva Lovelace”, una jovencita de provincia (inspirada en la actriz Tallulah Bankhead), que llega a Nueva York con la intención de triunfar en el mundo del teatro. Se presenta en los despachos de “Louis Easton” (Adolphe Menjou), productor de Broadway a quien admira y de quien se enamorará después de una fiesta con mucho champán, pero él no la amará. En cambio, el que sí se enamora de ella es el escritor “Joseph Sheridan” (Douglas Fairbanks Jr.), sin que ella se dé por enterada... Aunque a sus primeros pasos sobre los escenarios no le sonríe el éxito, y tras una etapa casi humillante en teatruchos de vodevil y frivolidades en cenas privadas, “Eva” tendrá su gran oportunidad cuando sustituya a una presuntuosa diva, “Rita Vernon” (Mary Duncan), en la noche de estreno de una obra.

Gloria de un Día es una de tantas películas que intentaron efectuar una mirada en la trastienda de la profesión teatral –y cinematográfica-, que lamentablemente, la pobre realización de Lowell Sherman no logra encumbrar como un clásico imperecedero. Solo sirvió como referente para que Sidney Lumet realizara un remake de la misma en 1958, con Susan Strasberg en el papel protagonista. En este sentido, comparar la cinta con la previa Hollywood al Desnudo (What Price Hollywood?, George Cukor, 1932) -en la que curiosamente Sherman interpretaba a un actor alcoholizado- con respecto al cine, o la excelente Damas del Teatro (Stage Door, Gregory La Cava, 1937), ambas protagonizadas por Hepburn, puede ser una comparación incluso dolorosa para esta película. Pero es que la sucesión de personajes, situaciones y estereotipos es prácticamente la razón de ser de esta historia de la lucha y el casi sorpresivo –y por ello, inverosímil- triunfo de “Eva Lovelace”, en la que no falta el experto empresario –(Adolphe Menjou, que recreaba un papel similar en la mencionada Damas del Teatro)-, el joven escritor, la diva insoportable que, como es trillado, será sustituida por “Eva” en un momento crítico, o el veterano actor de carácter (C. Aubrey Smith) que la ayuda en momentos puntuales de la narración. Así hasta prácticamente describir todos los personajes y situaciones que quizá en su momento resultaran de interés dramático, pero que muy pronto perdieron su interés, ya que tras ellas no está más que el tópico más flagrante.






Si bien la labor de Lowell Sherman adquiere algunos momentos de interés, como en el travelling inicial en el que la protagonista contempla en el vestíbulo del teatro los retratos de los grandes actores de la escena, las grúas que emplea en algunas ocasiones para lograr composiciones de escenas de cierto dinamismo, o la sinceridad que emana del instante en plena fiesta del estreno teatral, en el que una Eva algo bebida interpreta con fuerza diversos textos shakesperianos ante los presentes, secuencia en la que el realizador juega además con una adecuada iluminación. De todos modos, un buen porcentaje de su labor cinematográfica se caracteriza por el servilismo al lucimiento de los actores.





En honor a la verdad, hay que mencionar que dentro de una trayectoria llena de trabajos magníficos, la estatuilla obtenida por Katherine Hepburn se destinó a un trabajo hoy día no demasiado relevante ni diferente de cuantos imprimió en sus primeros años –es curioso comprobar los numerosos “despistes” en los premios a los mejores intérpretes de los primeros años están llenos de galardones a actores y actrices con trabajos realmente olvidados-, es decir, fue meritoriamente premiada, pero por la cinta equivocada. Su estatuilla hubiera gozado hoy de más valía si la estatuilla hubiera venido de las manos de su actuación en Las Cuatro Hermanitas (The Little Women), o como es conocida mundialmente, Mujercitas, así es, la célebre adaptación que George Cukor, su descubridor cinematográfico, realizó de la episódica novela escrita en 1868 por Louisa May Alcott sobre la Guerra Civil en la historia de su familia y sus cuatro hermanas. Esta última cinta también estuvo nominada a Mejor Película, Mejor Director y ganó la estatuilla por el Mejor Guión Adaptado (Victor Heerman y Sarah Y. Mason), y le dio a la Hepburn el premio como Mejor Actriz en el 2° Festival Internacional de Cine de Venecia.


Con Gloria de un Día, Katherine cosecharía su primera estatuilla dorada de un total de 4 (aunque sería por mucho tiempo la actriz con más nominaciones en la historia, con 12 participaciones), convirtiéndose a la postre en la actriz más premiada por la Academia. Como dato curioso cabe resaltar que fue la única nominación que obtuvo la película y la que ganó. Y también fue el primer año en que los premiados como Mejor Actor (Charles Laughton por La Vida Privada de Enrique VIII) y Mejor Actriz del año, no estuvieron presentes en la ceremonia para recoger sus correspondientes trofeos. Al día siguiente el columnista de un periódico de Los Ángeles, Sidney Skolsky, usó por vez primera en la prensa el calificativo de “Oscar” al referirse en su reseña a la estatuilla otorgada a la actriz. Ese apodo conferido al Premio de la Academia comenzó a popularizarse entre los medios, si bien la Academia no usaría oficialmente ese nombre hasta 1939.



LA VISIÓN DE FRANK CAPRA


Se cuenta que por 1932 Frank Capra había sido prestado por la Columbia a la MGM para trabajar en un filme llamado Soviet a cambio de $50,000 dólares y el permiso del Estudio para que Robert Montgomery pudiera participar en Dama por un Día. Capra también esperaba conseguir los servicios de la ganadora oscaril Marie Dressler de la MGM. Pero después de que Soviet fuera cancelado como proyecto, Columbia no pudo conseguir a James Cagney de la Warner Bros. o William Powell de la MGM para el rol de “Dave the Dude”; también intentaron conseguir a W.C. Fields de Paramount para el papel del Juez Blake, pero no pudieron concretar otra vez el reparto.

En este punto, la Columbia seguía siendo un Estudio pobre liderado por Harry Cohn a quien no le importaban ni el lujo de los grandes Estudios ni los contratos a largo plazo con su nómina de actores. Tanto, que el reparto de Dama por un Día fue obtenido en gran parte por el préstamo de talentosos actores de las arcas de la Warner Bros. Warren William estaba en la cima de su carrera cuando fue prestado a la Columbia sin exigir gran demanda de salario. Aunque su carrera disminuiría a mediados de los años treinta, esta película le significó un gran éxito. Por otra parte, Frank Capra echó mano de un número significativo de mendigos del centro de Los Ángeles para participar en pequeños papeles, incluyendo a aquel hombre en la película apodado “Shorty”, a quien Capra recordaba como vendedor de lápices cuando el director trabajaba como vendedor de periódicos en las calles.

En su autobiografía, Capra describe así los momentos que vivió la noche de la entrega de premios:

“…Y, glorificados sean todos los santos, los votantes de la Academia nominaron Dama por un día en cuatro de las principales categorías: ¡Mejor película, mejor guión, mejor dirección y mejor actriz! Y me convertí en alguien imposible con quien vivir. En el lapso de tiempo entre las nominaciones y la votación final para los Oscar, rodé otra comedia en la Columbia, pero mi mente estaba en aquellas preciadas estatuillas. Día tras día no dejaba de persuadirme de que ganaría cuatro Oscars importantes. Establecería un récord. ¡Maldita sea! Escribí y tiré docenas de discursos de aceptación; practiqué una tímida humildad delante del espejo; ensayé emocionados quiebros de voz en los puntos adecuados. Encargué mi primer esmoquin... a un sastre, sí; alquilé una elegante casa en Beverly Hills, para ser visto, para influenciar votos en los bares. Volví loco a todo el mundo. Pero Lu mantuvo la calma. Estaba en el noveno mes de su segundo embarazo.

Trío de nominados: Robert Riskin, May Robson y Frank Capra

El banquete de la Academia, el acontecimiento más publicitado del año -resplandeciente con sus pajaritas blancas y lo más nuevo en escotados vestidos femeninos, y con la presencia de seiscientos periodistas- se celebró en el Hotel Biltmore (error). (Otro buen presagio: Mi viejo amigo Will Rogers entregaría los Oscar. No podía fallar.) Lu no podría asistir; así que, para compartir mi gloria, invité a diez amigos íntimos: el señor y la señora Myles Connolly, el doctor y la señora Stan Imerman, el señor y la señora Jo Swerling, el señor y la señora Al Lewin, y Dimitri Tiomkin y su esposa, Albertina Rasch. Bob Riskin tenía su propia mesa donde morderse las uñas.
Durante los premios técnicos entregados por el buen viejo Will, mi cabeza zumbaba entre destellos calientes y fríos. Aplaudí como un idiota mientras cada ganador se deslizaba por entre las mesas llenas de celebridades hasta la pequeña pista de baile, donde un foco lo atrapaba, lo escoltaba en medio de la gloria hasta el estrado donde agarraba su codiciado Oscar..., y sonreía como otro idiota.
Luego llegó el primero de los premios importantes -al mejor guión-, el primero de los cuatro con los que esperaba arrasar. Miré a la mesa de Riskin. Bob parecía tranquilo, pero la mitad de su cigarrillo desaparecía a cada calada. Will Rogers anunció: "... y el ganador al mejor guión es... [abre el sobre]... Victor Heerman y Sarah Mason por Las Cuatro Hermanitas. ¡Subid a recogerlo!"
Me sentí sorprendido, pero no abrumado. "Supongo que tendré que conformarme con tres", dije estúpidamente a mis amigos. Un vago temor se infiltró en nuestra mesa. Fue disipado inmediatamente por Will Rogers. ¡El siguiente premio era a la mejor dirección! Mientras Rogers leía las nominaciones, eché disimuladamente una última y rápida mirada bajo la mesa, a mi arrugado discurso de aceptación. Pero ni siquiera podía sostenerlo, y mucho menos leerlo. Rogers dijo unas cuantas palabras amables acerca de los directores, luego: "... y el mejor director del año es..., el sobre, por favor... [lo abrió, y se echó a reír] ¡Bien, bien, bien! He observado a este joven durante largo tiempo... Lo he visto subir desde el fondo, y quiero decir desde el fondo. No podría haber una persona más adecuada. ¡Ven, y llévate esto, Frank! (Come and get it, Frank!)…"
Mi mesa estalló en vítores y aplausos. Había un largo camino hasta la pista de baile, pero me abrí paso entre las atestadas mesas. "Disculpe..., disculpe..., lo siento..., gracias, gracias...", hasta que alcancé el espacio despejado de la pista de baile. El foco estaba intentando hallarme. "¡Aquí!", agité la mano. Luego, de pronto, se apartó de mí..., y se posó en un acalorado hombre de pie al otro lado de la pista de baile..., ¡Frank Lloyd!...”

Y así fue, el ganador de la noche fue otro “Frank” nominado por mejor dirección, Frank Lloyd, que obtenía su segundo y último premio como realizador por otra de sus películas no demasiado recordada en la actualidad: Cabalgata, cinta que reflexiona sobre los terrores del siglo veinte siguiendo la decorosa vida de una familia británica (y sus sirvientes) a lo largo de 32 años, dos guerras, y pequeños y grandes desastres, protagonizada por Diana Wynyard, Clive Brook, Una O´Connor y Herbert Mundin.


Franklin Hansen, ingeniero de Sonido; Will Rogers, presentador;
y Frank Lloyd, el director galardonado.



Capra prosigue en su narración:

“…El aplauso fue ensordecedor mientras el foco escoltaba a Frank Lloyd por la pista de baile hasta el estrado, donde Will Rogers lo saludó con un enorme abrazo y un apretón de manos de todo corazón. Me quedé petrificado en la oscuridad, absolutamente incrédulo, hasta que una airada voz a mis espaldas gritó: "¡Hey, quítese de enfrente!"
El camino de regreso -entre gente importante que aplaudían al tiempo que gritaban: "¡Siéntese! ¡Ahí delante! ¡Siéntese!" puesto que obstruía su visión- fue el recorrido más largo, triste y desmoralizador de mi vida. Deseé poder meterme debajo de la alfombra como un miserable gusano. Cuando me dejé caer en mi silla me sentí como uno de ellos. Todos mis amigos en la mesa estaban llorando. El resto de la velada no hizo más que aumentar el dolor. A la mejor actriz, no Robson, sino Katharine Hepburn por Gloria de un día. A la mejor película, no a Dama por un día
Mientras me deslizaba fuera del Biltmore, con la vergüenza convertida en una amarga y ácida furia, recordé haberle leído artículos sobre los premios a mamá, mientras ella me bendecía y lloraba de alegría; haber enviado recortes a mis hermanos y hermanas sobre mis cuatro nominaciones, que ellos confundieron inocentemente como haber ganado cuatro premios, y por los que me enviaron cartas de respuesta de "¡Bravo! ¡Bravo!". Sí, bravo. Gran estúpido..., corriendo a recoger un premio muerto de excitación, sólo para arrastrarme de vuelta muerto de vergüenza. Aquellos miserables votantes de la Academia; al infierno con sus piojosos premios. ¡Si alguna vez me votaban para uno, nunca, nunca, nunca subiría a aceptarlo!...”

Al año siguiente, el presentador anunciaría de la misma forma el premio pero, para fortuna de Capra, no había otro Frank compitiendo. Como regla, los futuros presentadores tomaron esta invaluable lección ya no anunciando a los ganadores solo por su primer nombre.



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